La técnica de pintura mural al fresco se basa en la aplicación de pigmentos naturales de procedencia mineral, mezclados con agua pura o con agua de cal sobre un aplanado de argamasa húmeda (masa compuesta por pasta de cal apagada y arena). Cuando la masa se seca, fragua y se endurece como una roca, y los pigmentos pasan a formar parte de la superficie. El boceto para el mural se monta sobre un enlucido grueso (mezcla de mortero a base de arena y cal para lograr el aplanado y eliminar las deformaciones del muro), el cual es cubierto paulatinamente por el enlucido fino (mezcla de mortero a base de polvo de mármol o arena fina y cal para dar una superficie homogénea), aplicándose por secciones a fin de que pueda ser concluido en una jornada de trabajo. La ventaja del fresco es su resistencia; el inconveniente principal es la dificultad técnica, ya que los colores utilizados sobre la argamasa húmeda no permiten correcciones.

El fresco es una técnica antiquísima. En México se remonta a la creación de la Real Academia de las Tres Nobles Artes de San Carlos de la Nueva España y específicamente con la llegada de Rafael Ximeno y Planes. Los activos pintores muralistas de la escuela mexicana, como Diego Rivera, José Clemente Orozco y Roberto Montenegro, por citar algunos, dominaron esta técnica y la aplicaron en su arte monumental y de realismo social