Sin la intervención de Rufino Tamayo, la pintura mexicana moderna estaba avocada hacia un agotamiento infecundo. Lo narrativo se imponía sobre la sustancia plástica y la repetición amenazaba con la esterilidad. (José Gómez Sicre).

A solicitud de Carlos Chávez y Fernando Gamboa, Tamayo ejecutó dos pinturas murales en el interior del Palacio de Bellas Artes. De común acuerdo eligieron los muros oriente y poniente del primer piso, con la cualidad de poder ser apreciados desde el vestíbulo monumental. El oaxaqueño decidió desarrollar dos temas conexos e independientes a la vez, con ellos daría oportunidad al pasado y al presente de filtrarse en símbolos y alegorías, evitando la narrativa nacionalista de la Escuela Mexicana de Pintura, a la cual se oponía.