Es una técnica inventada en el siglo XV; hacia el siglo XVII su empleo era ya universal. Los colores empleados son previamente molidos y diluidos en aceite secante de linaza, de nueces o de otros disolventes volátiles, dando un resultado brillante y luminoso, logrando efectos de opacidad, transparencias, luces y sombras. Este procedimiento ofrece la ventaja de borrar, corregir o modificar lo pintado sobre la marcha o incluso tiempo después; puede aplicarse con pincel o con espátula, generalmente sobre un lienzo. Los muros construidos con materiales porosos no son apropiados para una técnica basada en aceites, por lo que la técnica menos empleada en pintura mural ha sido la del óleo, aunque existen ejemplos aislados (como El triunfo de la eucaristía en la cúpula del altar de los Reyes de la Catedral de Puebla, de Cristóbal de Villalpando). Se popularizaron dos formas de realizar esta técnica pictórica: pintura directa sobre paredes revocadas y pinturas realizadas sobre lienzo, las cuales se transportan y se montan a la pared, en una sola sección o por paneles. Es el caso de Rufino Tamayo, que empleó para sus pinturas murales los pigmentos de vinilita (resinas sintéticas) que dan claridad, brillo y adhesión excelente a una amplia variedad de superficies.